Las pesquisas comenzaron en baker street


Capitulo 1
Duran & Lombardi
Investigaciones
A DECIR VERDAD NUNCA PENSÉ SER DECTETIVE, quizás parecían demasiado lejanos de mi vida, que en ese entonces era plácida y normal. De niño soñaba con ser astronauta, piloto de carreras o incluso pintor. Sabíamos entonces quiénes eran Indiana Jones o Batman, pero poco o nada nos decía el nombre de Sherlock Holmes, y mucho menos los de Auguste Dupin, Hércules Poirot o Sam Spade. Aunque todavía soy un inexperto novato, recién salido de la academia, con un nuevo caso por delante, esos nombres se me han hecho familiares e incluso pienso que, de alguna forma, sus métodos investigativos, su coraje o simplemente el sentido común frente a un hecho criminal me han ayudado a sobrevivir ahora que mi vida ya no es plácida y mucho menos normal. Sobre todo desde que trabajo al lado del veterano dectetive Ambrosio M. Durán.
Ahora, cuando camino por el parque, me detengo a mirar la gente que pasa a mi lado y ya no puedo verlos como los veía antes. Ahora, los detalles simples que ignoraba se me presentan como pistas que tengo que seguir, que me hablan, que me pueden dar datos concretos sobre sus vidas, sus trabajos, sus gustos personales. Miro al hombre gordo que se sienta en la banca justo a mi lado, sudoroso y jadeante; sé que sufre de asma; se ha desabrochado la corbata, tiene pelos de gato en su abrigo de paño, de un gato de pelo largo, quizás un angora; vive todavía con su madre o con su abuela, pues el pañuelo que usa para secarse la frente tiene unas iniciales marcadas caseramente con hilo rojo sobre el blanco, una labor típica de una adorable ancianita. Me aburro y dejo de analizarlo. Veo entonces a alguien que pasa más allá; es posible que recién haya llegado de la selva, pues tiene picaduras de mosquito en una zona del cuello y la nariz quemada, como expuesta al sol tropical; es médico, puedo ver el bulto del estetoscopio en su saco. Y luego pasa una chica muy agradable, estudiante de artes, no hay duda, pues tiene gotas de vinilo en sus botas; posiblemente comienza apenas su universidad, su bolso se ve demasiado limpio y tiene poca técnica, claro, por las demasiadas manchas de pintura y tinta en sus manos. Dejo de mirar; si sigo así puedo volverme loco. Pero ahora lo veo simple. Antes, los detalles, las pistas que deja la vida, pasaban por mi lado y se desvanecían para siempre.
Llego a la pequeña oficina; en la puerta de vidrio leo nuestros nombres: Durán & Lombardi Investigaciones.
Sonrío con algo de orgullo; no se ve mal. Deduzco que la señora López, la secretaria, ya ha llegado: pude oler su perfume en la escalera del edificio y en el pasillo. También mi socio, el viejo Durán, ya ha encendido su pipa y está con un cliente, alguien que no se limpió bien los zapatos antes de entrar. Bueno, este es mi trabajo, soy detective, pero antes que eso soy aprendiz del viejo y, es más, aunque creo que todavía soy un principiante dubitativo y ansioso, como dije antes, no cambiaría mi oficio por ningún otro.
Mi vida monótona no cambió con mi salida de la academia. Comencé buscando mascotas perdidas o ladronzuelos de supermercados; pero cuando me asignaron un caso verdadero, nunca imaginé lo que se me venía encima, y en esto tuvo mucho que ver el haber conocido a mi veterano socio. Recuerdo al primer detective que vi e acción: era mi primo, y había estudiado por correspondencia. Cuando yo era apenas un niño, mi mamá lo contrató para que descubriera quién había dañado su secador de pelo; nunca pudo hacerlo    pero culpó a mi papá. Yo seguía paso a paso sus indagaciones y tomaba nota de sus errores. Claramente el culpable era yo, que secaba mis estampillas de colección con ese viejo y deteriorado aparato, pero él jamás me incluyó en su lista de sospechosos. No sé si fue esa tontería la que me hizo pensar en entrar a la academia de investigaciones; el caso es que cambié los cómics del Oeste y la ciencia ficción por Dick Tracy, The Spirit y las peliculas de Humphrey Bogart.
Luego, el encuentro con el viejo Ambrosio M. Durán me abriría un amplio universo lógico, reflexivo, y me enfrentaría aun caso, a un verdadero caso. Ahora comprendo que este es un mundo bastante particular, donde, los crímenes no son precisamente síntomas enfermizos de nuestra complicada vida moderna. Mi primer caso junto a Durán se convirtió en algo así como una lección de historia del crimen y del arte de la investigación.
Pero ya es hora de contar cómo empezo todo.
Capitulo 2
Un cuento de detectives
EL VIEJO DETECTIVE DURÁN me miró de arriba abajo con una sonrisa entre burlona y compasiva. Yo me sentía algo azarado por mis zapatos brillantes y ese aire de recién graduado que me rodeaba, corbata negra y camisa blanca pulcrísima, no me acababa de acomodar a la ropa nueva. En cambio, mi nuevo compañero parecía salido de una novela policiaca de folletín; tenía una gabardina gastada y sombrero. Para acabar de completar el cuadro, fumaba pipa y ponía las piernas encima del escritorio. Estaba parado frente a él. No era ninguna leyenda viva ni mucho menos; simplemente, era un veterano detective asalariado, eventual asesor de la policía, con muchos casos encima y, hasta donde yo sabía, todos resueltos. Yo, en cambio, acababa de encontrar como primer trabajo un gato perdido. Pero el viejo me había mandado llamar, me felicitó por mi labor en la academia y, al dejar de sonreír y mirarme a los ojos, me tranquilizó.
---Lo llamé porque necesito un asistente, Lombardi ---me dijo pausadamente, con voz de profesor bonachón---,y un gran amigo mío que lo conoce me lo recomendó. Me dice que tiene buen carácter y eso basta para mí.
---También tuve las mejores notas ---me atreví a comentar.
---Eso no me interesa ---dijo sin mirarme ---,me basta su carácter y su paciencia. El sueldo no es muy bueno, pero le garantizo que se va a divertir. Esto no es como en el cine: no tenemos que buscar un collar perdido, seguir a una mujer, liarnos a golpes con mafiosos o tomar fotos a escondidas. Hollywood se aprovechó muy bien de la profesión y le confieso que yo me divierto mucho con algunas películas.
---Tiene razón ---opiné basado en mi reciente esperiencia con las películas de Borgart ---; mi favorita es El halcón maltés...
---Sí, el detective Sam Spade... no me gustan mucho sus métodos, es un hombre de acción. Yo, al contrario, tengo muy poco que ver con armas, mujeres fatales o empresarios corruptos. No fumo puros, ni bebo whisky todo el día. Le aseguro que el verdadero Spade no se parece mucho a Bogart, aunque nadie como él para hacer de detective duro y sin escrúpulos. También me gustan George Raft y Richard Widmark...
---¿Dectetives? ---pregunté, vivamente interesado.
---No ---contestó sonriendo ---,son actores de cine negro y dos tipos muy duros. Le aclaro que estos detectives de la novela y el cine negro se diferencian poco de los mismos delincuentes... la verdad es yo prefiero a los clasicos.
---Pero... ---dije, inmiscuyéndome en el tema ---todos son detectives, ¿no?
---Sí, todos, y se suponen al lado de la ley, pero los de género negro... ---Durán pensó un momento antes de continuar ---,no siempre siguen la legalidad para cumplir sus metas. Responden fuego con fuego, violencia con violencia, corrupción con corrupción. En el genero negro el detective ya no es un caballero gentil totalmente ajeno al mundo del crimen.
---Señor Durán ---dije con más confianza ---,no entiendo eso de "género negro" muy bien; yo solo sé que me gustan las películas clasicas donde hay un crimen. Creo que se llama así, porque son en blanco y negro...
---No, mi querido joven --- respondió ---El género negro existió antes que las películas, en novelas baratas com la Série Noire en Francia o revistillas como Black Mask en Estados Unidos; yo debo tener algunos numeros por ahí. Ya ve usted, negro en los títulos: black, noire. Eran los años veinte y la literatura policiaca había evolucionado del romanticismo inicial de los franceses y el racionalismo de los ingleses a la dureza de la realidad, los bajos fondos y la violencia; un signo de los tiempos. Un escritor, al que aprecio mucho, definió con claridad su tema, que es así como suena, "el simple arte de matar".
Durán levantó su pesado cuerpo del escritorio y se acercó a la pulcra biblioteca que tenía en una esquina, prendió una lamparita y la luz iluminó los lomos de varios libros,

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